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lunes, 9 de marzo de 2026

"El emperador de los mares" - Jack Weatherford

Continuación inevitable de su anterior libro, Gengis Kan y la creación del mundo moderno, Jack Weatherford dedica este ensayo a Kublai Kan, nieto del primer Gan Kan del Imperio mongol, a sus conquistas, su administración, sus derrotas, que también las tuvo y, sobre todo, su obcecación por traspasar sus dominios terrestres y convertirse en una gran potencia naval, con todo lo que conlleva en cuanto a comercio, relaciones internacionales, y revolución técnica y económica. Gracias al autor y su guía a lo largo de trescientas cincuenta páginas y casi un siglo de historia, prácticamente todo el siglo XIII d.C., el lector puede hacerse a la idea de la transformación geopolítica que sufrió el Imperio mongol en base a los esfuerzos realizados por unificar China y controlar el comercio marítimo de su entorno.

El hecho de ser hijo y sobrino de los herederos de Gengis Kan le marcó en su infancia y juventud, tocándole educarse a cargo de su madre al norte del Yang-Tse, en el territorio de la dinastía Jin, recién incorporado al Imperio mongol. Esta situación le marcó profundamente ya que absorbió el efectivo funcionamiento de la administración china, los cimientos de la filosofía confuciana, los tratados comerciales y, especialmente, la vida sedentaria, diferente y lejana a la sociedad mongola, habitualmente en continuo movimiento. Fallecido Gengis Kan, sus territorios quedaron bajo el poder de los Kanes predecesores a Kublai Kan, separados en territorios que, en ocasiones debido a diferencias entre ellos, desconectaban la continuidad  de la Ruta de la Seda. Por destinos de la vida y situaciones familiares, Kublai Kan nunca dejará de tener un contacto más o menos amistoso y continuado con uno de aquellos territorios, el Iljanato mongol, localizado en el extremo occidental del Imperio, situación que marcará la huella del futuro Kan como vehículo de enlace clave con el occidente y las sociedad musulmana de la época. 

El territorio de sur de China, gobernado por la dinastía Song, se puso a su alcance tras obtener en 1260 el título de Gran Kan. Solo tenía que pacificar a los mongoles de las estepas al norte y mirar más allá del mar que rodeaba China. Todo evolucionó a favor de Kublai cuando se cruzó el Yang-Tse y se creó la primera gran flota naval fluvial mongola. Ya en 1271, nuestro protagonista, cambió su nombre por Da Yuan y se convirtió en el primer emperador de la dinastía Yuan, para pasar a dominar toda China en apenas dos años, entre 1275 y 1279. A partir de aquí su mirada se dirigió hacia el mar y en su camino sufrió terribles derrotas en su afán por conquistar Japón, la actual Vietnam y las islas de Java, territorios inalcanzables militarmente. Sin embargo, sus esfuerzos armamentísticos, tecnológicos y económicos le llevaron a controlar comercialmente los mares que rodean las costas chinas, gracias en gran parte a su control de Corea y los conocimientos navales de los almirantes coreanos. Hasta tal punto llegó su intención de crear un imperio naval inmenso, que fortaleció más aún sus relaciones con el Iljanato, siempre aliado, ofreciendo la mano de su hija para desposarla con el heredero que aquellas tierras, instaurando así, una ruta marítima desde China hasta la corte persa. De esta manera, el Imperio de Kublai alcanza su plenitud y su comercio implica el mayor intercambio de bienes entre ambos mundos realizados hasta la fecha. 

Tras su muerte, solo Temúr, su nieto, mantuvo vivo y boyante el comercio marítimo, en continuidad con las políticas diplomáticas de Kublai, abriendo nuevas rutas, inaugurando puertos y convirtiendo la moneda china en el estándar de tasación de todo el imperio. El autor dedica los últimos capítulos, a mostrar los vaivenes y el declive de este control marítimo, con las crisis de los herederos de Temúr ya a finales del siglo XIV y, años después, con la llegada de los portugueses, holandeses, ingleses y estadounidenses.

Weatherford nos presenta, en definitiva, un Kublai Kan de espíritu solitario, pero rodeado de un universo de cortesanos, dentro de un contexto histórico renovador, en cuanto a su visión más allá de dominar la tierra firme. Sin embargo, este crecimiento comercial e internacional, tan enriquecedor para China, termino por ponerse en su contra ante la presencia del naciente capitalismo occidental, convirtiendo aquella China aperturista y expansionista en un gigante rodeado de un gran muro infranqueable y cerrado al exterior. Pero esta es otra historia.

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