Del escritor francés Philippe Claudel, he leído su aclamada y reconocida Almas grises y su libro de relatos publicado hace tres años titulado Fantasía alemana, convirtiéndose con el tiempo en un escritor de referencia en mis lecturas habituales. Pues bien, el año pasado se publicó su última novela titulada El crepúsculo, en la que que fuera hace unos años presidente de la Academia Goncourt, traslada al lector a los años previos a la Primera Guerra Mundial en una pequeña localidad indefinida y fronteriza del Impero Austro Húngaro, posiblemente al este de Rumanía o Bulgaria. La época define una profunda crisis en una geografía imperial llena de diferentes nacionalidades y religiones, más allá de la profunda ruptura presente en una sociedad en la que los estratos sociales se encuentran marcadamente divididos, y los poderosos, sean del estrato que sean, pisan convulsivamente a quienes se encuentran por debajo de ellos. El juego de las mayorías y las minorías se presenta en un tablero que pronto convulsionará a niveles étnicos y nacionales cambiando la geografía europea para siempre.
