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martes, 25 de febrero de 2020

"Los perros negros" - Ian McEwan


Soy un apasionado lector de las novelas de Ian McEwan. Por mis manos han pasado El inocenteEl placer del viajeroOperación dulce o Expiación y todas ellas han sido merecedoras de su correspondiente reseña en mi blog. Tengo la costumbre de leer  todos los años alguna de sus creaciones y éste 2019 le ha tocado a Los perros negros. Su trama gira al rededor de Jeremy, un joven huérfano y su relación con sus suegros. Apasionado por mantener cierta relación, podríamos llamar educativa y afectiva, con los padres de sus conocidos y amigos, una vez que se casó con su esposa, no pudo evitar disfrutar de la amistad y cercanía de los padres de ésta, June y Bernard. Mediante la descripción de algunos momentos claves en su vidas, Jeremy se adentra en la personalidad de ambos personajes, con la intención de acercar al lector los recovecos, el desarrollo y las decepciones del matrimonio, jugando con un hecho notorio que marcó sus vidas, allá por 1946.

Con algunos flashbacks en los que nos presenta algunas de sus conversaciones con ambos cónyuges, realizadas de manera separada, Jeremy nos acerca a los personajes y sus mentalidades, en dos ocasiones de los años 80, en 1987 y en 1989, durante la caída del Muro de Berlín, para luego trasladarnos al lugar en donde aconteció un hecho, a primera vista irrelevante, pero que marcó el destino de la pareja, de cada uno de sus integrantes, en una dirección diferente, tanto física como ideológica o espiritualmente. Este hecho esta protagonizado por dos perros negros, auténtica metáfora con la que McEwan pretende mostrarnos cierta simbología en la realidad, no solo personal sino también universal, de la pareja, de la sociedad de finales del siglo XX, alrededor del propio aprendizaje de la memoria en el profundo interior de una Europa lastrada por la 2ª Guerra Mundial y la Guerra Fría. 

La personalidad de June y Bernard les unió en su ideología, antes y durante la 2ªGM. Sin embargo, en un símil con la sociedad y la situación política de la Europa de la postguerra, su social comunismo, deambula en una búsqueda menos ideal y más realista de lo que en su juventud el marxismo pudo asumir en su mística personal. La decepción que tuvo ella durante años, además del hecho ocurrido en aquel paisaje campestre y de montaña sucedido en 1946, la llevó a tomar un camino, más dirigido a la espiritualidad, a la búsqueda de algo menos terrenal y más interior. Sin embargo, Bernard, tomó un partido opuesto, en el campo del partido laborista británico. Muy interesante la experiencia que nos cuenta Jeremy, en su visita junto a Bernard, durante el día de la caída del Muro de Berlín. Encontramos conclusiones dispares que no solo hieren sus propias creencias sino que hacen recapacitar sobre lo que estaba por venir en una Europa sin muros físicos, pero con importantes diferencias sociales e incluso económicas o, más cercano a nuestro sentir actual, esa terrible rémora tan difícil de aceptar, como es la inmigración. Ya entonces nos marcaban la senda que desgraciadamente estaría por llegar, treinta años después de la caída del muro.

Con Los perros negros McEwan vuelve a ahondar en la personalidad de sus personajes, en sus dilemas existenciales, en sus miedos y, como no, en su íntima sexualidad, enfrentando al lector no solo en la disertación sobre su propio devenir a lo largo de sus vidas y la relación con su entorno, sino profundizando sin piedad en la ruptura y la quiebra de sus ideales. Como siempre, se muestra ante lector embutido en la propia cotidianidad de su vida en común, en sus momentos de felicidad, ¡qué pocos por cierto! y, sobre todo, en los años que marcan la diferencia en su edad que, si bien los separa física y mentalmente, no logra romper aquel destello de amor y amistad entre ambos. Ian McEwan es duro y certero a la hora de profundizar en el ser humano y sus relaciones, casi siempre ahondando, con cierto carácter pesimista, en la derrota de lo que pudo ser y no fue.  De su narrativa y sus diálogos poco que descubrir al lector de sus novelas. Siempre directo, seco, frío, pero emboscado y vestido de un don de la palabra tan literario y profundo que ahoga. Qué grande es nuestro Ian McEwan, grande y directo, hasta hacer sangrar.

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