30 de enero de 1573. El rey Felipe II toma la decisión de sustituir al Duque de Alba como gobernador de los Países Bajos. Tras los años de mano dura del gobierno de D. Fernando Álvarez de Toledo, el territorio se veía ingobernable, en una conjunción peligrosa de revueltas, insatisfacción general, falta de dinero para hacer frente a las pagas adeudadas con los tercios y aliados de España, y la presión de sus enemigos. Para ello, el monarca elige a un hombre de confianza, bregado en el campo de batalla y con suficiente experiencia para intentar devolver a aquel territorio de la Monarquía Hispánica, el control y la confianza debilitada en los últimos años. Su nombre, Luis de Requesens y Zúñiga. Amigo y consejero de D. Juan de Austria, participó en la guerra de las Alpujarras y en la batalla de Lepanto, de donde pasó a ser Gobernador de Milán, hasta que recibió la orden de sustituir al Duque de Alba. Sin embargo, tal y como atestigua el correo que mantuvo con el rey y que se conserva en la actualidad, no había nada más lejos de su deseo. Estuvo al frente de su destino hasta su muerte en 1576. Habían pasado escasamente tres años.
Víctor J. Jurado Riba, es doctor de Hª Moderna por la Universidad de Barcelona, y acaba de publicar de la mano de la prestigiosa Desperta Ferro Ediciones el magnífico ensayo que reseño aquí, sobre la presencia de D. Luis como gobernador de los Países Bajos en uno de los momentos más críticos y conflictivos de su historia. Para ello ha estudiado concienzudamente, no solo las fuentes originales y archivos relativos a los hechos acaecidos aquellos años, sino que además ha desgranado minuciosamente, como así lo demuestra capítulo a capítulo, los intercambios epistolares entre D. Luis y su familia y subordinados, pero sobre todo, los mantenidos con el rey Felipe II. En base a todo ello, ha confeccionado al detalle las circunstancias políticas y militares que rodearon su estancia en Flandes, analizando especialmente las profundas dificultades con las que se encontró para poder ejercer con más bien escaso éxito su gobernanza.
Los dos primeros capítulos del libro se refieren, en primer lugar, a la biografía del personaje en los años previos a ocupar su puesto de gobernador en Bruselas, años de servicio exitoso cercano a Felipe II y a D. Juan de Austria, que marcaría su destino final, y en segundo lugar, a detallada y necesaria una composición de lugar de la herencia política y militar que dejaba el Duque de Alba al nuevo gobernador. Por un lado, sus decisiones habían multiplicado la oposición a los españoles en aquel territorio, en base a impuestos, castigos y represalias, basados en la mano dura que imprimió a sus gobernados. Por otro lado, la magnitud del ejército levantado para controlar el país y sus aledaños se mantenía con una economía limitada y acompañada de impagos a la tropa, lo que avecinaba protestas y motines.
Luis de Requesens llegó en pleno asedió rebelde sobre Midelburgo, plaza que se perdería sin remedio y que empezaba a trasladar al nuevo gobernador las dificultades que encontraría en los dos siguientes años. El dominio del mar por parte del enemigo, los frentes abiertos en el territorio y plazas a controlar por parte de las tropas monárquicas, le plantearían multitud de problemas. Como bien desarrolla el autor, la invasión de Luis de Nassau y la posterior victoria española en Mook, a pesar de saldarse a favor del español, provocó una serie de circunstancias en aquel momento irreversibles. La necesidad de movilizar gran cantidad de tropas, eso sí, muy bien comandadas por ilustres militares como Cristóbal de Mondragón, Julián Romero o Sancho Dávila en su liderazgo de los famosos Tercios y la caballería que los acompañaba en sus operaciones y movimientos en aquel territorio, no iba a evitar la aparición de motines llevados por el impago de aquellas tropas. El primer gran motín de Amberes, unido a la desafección del vicealmirante de la flota y la desconfianza de los Estados, provocaron grandes problemas en la gobernanza de un Luis Requesens cada vez más debilitado formal y físicamente.
En este trasiego de combates, movimientos militares, esfuerzos diplomáticos y económicos aportados en las campañas bélicas, Víctor J. Jurado realiza una narración llena de aportaciones epistolares intercaladas en sus explicación y análisis de los hechos, confluyendo en sus páginas erudición y agilidad en el desarrollo y presentación de un contexto que lleva al lector a imbuirse de las dificultades y los actos, tanto heroicos como levantiscos, protagonizados por las tropas hispanas. Las negociaciones entabladas entre Requesens y los amotinados constatan las dificultades tremendas que se vivían en aquellos años. A ello se sumó en un momento dado, los avances rebeldes en Holanda, con la caída de Leiden en otra derrota protagonizada por el agua, en este caso tras la ruptura de los diques por parte rebelde y la inexistencia de una convincente flota que nunca llego de España, con la que enfrentarse al enemigo. Mientras los motines se multiplicaban, y tras las ofensivas españolas en 1575, y unas infructuosas negociaciones en Breda frente al de Orange, quien demostró su gran capacidad de liderazgo, el autor desgrana como una economía de guerra en ruina, la declaración de la suspensión de pagos, la llegada de los motines y rebeliones a la misma Amberes, todo ello a pesar del esfuerzo bélico español aportado, desembocó en unos Estados enfrentados a los españoles, y los amotinados dueños del campo, hasta la consecución del gran y sangriento saco de Amberes. Luis de Requesens, falleció el 25 de marzo de 1576. Le sucedería su amigo y pupilo D. Juan de Austria.
Agua y fuego, es el resultado de un complejo trabajo de recopilación de datos y hechos que conforman un texto clarividente de lo que aconteció durante aquellos tres escasos años en Flandes. Batallas y asedios, escaramuzas y encamisadas, y operaciones limitadas de caballería, se entrecruzan con el desarrollo de un aparato diplomático de estrategia geopolítica, soportado por gran cantidad de documentación, todo ello salpimentado por los saqueos, los motines y la desesperación de unas tropas que pelean y mueren a crédito de una monarquía abocada a la ruina. Los rebeldes eran pocos y voluntarios, generalmente apoyados por una población cada vez más quejosa de la situación. Los españoles y aliados, mantenían sus tercios y tropas de gran multitud de naciones y soldados, pero con la necesidad perentoria de cobrar los sueldos y cubrir demasiado territorio. Si a eso unimos la inexistencia de la presencia naval española, estaba claro que el fuego, per sé, sería insuficiente para ahogar una rebelión que a Luis Requesens le venía grande, es más que ni siquiera él quería asumir desde el principio de su designación como gobernador, a pesar de que hizo lo que estuvo en sus manos. Desde luego, estamos ante uno de esos libros que hay que tener en cuenta de ahora en adelante a la hora de estudiar y analizar todo lo que allí aconteció.

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