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jueves, 28 de mayo de 2026

"Cold war"


Escribo esta crítica un día después de que Pawel Pawlikowski gane por segunda vez en Cannes el premio a Mejor Director por su película Fatherland. Como consecuencia de ello he acudido a las plataformas que tengo contratadas en casa y he visto que tengo la posibilidad de disfrutar de Cold war, precisamente aquel film por el que ganó en 2018 su primer galardón en Cannes. Dicho y hecho, he alucinado con el estilo, el carácter y la cinematografía que vuelca el director polaco en su creación, del que espero disfrutar próximamente en el cine, de su reciente y galardonada película. Pero ahora me toca hablar un poco de Cold war.
La trama nos sitúa en la Polonia de finales de los años cuarenta. Un pianista y director de orquesta realiza junto a una compañera y un agente administrativo del régimen pro soviético, una selección de cantos y bailes tradicionales a lo largo y ancho de las castigadas zonas rurales del país, con la intención de crear un grupo de coros y bailes que representen la tradición folclórica polaca en el país y en otros países del ámbito soviético. En la selección de voces, el director se siente atraído por una joven con la que entablará una tortuosa y destructiva historia de amor que durará años, paralelamente a la situación de la  Guerra Fría que acontece en Europa durante aquellas décadas. 
Localizada en una serie de varios capítulos, el espectador acompaña a lo largo de los años, a ambos protagonistas en sus idas y venidas, encuentros y separaciones, huidas y búsquedas, en un escabroso camino de amor y desapego, adicción y repulsión, protagonizado por Joana Kulig y Tomasz Kor, en ambos papeles protagonistas. En ese trasiego se dibuja la evolución de la sociedad polaca bajo el imperio de control soviético y la situación cultural y social del país. Los vaivenes de la pareja se conjugan en los años pasados conforme uno y otro, pasan de la zona comunista a la occidental y viceversa, en un juego de persecución y amor imposible, relatado con auténtico dominio y estilo propio del director.
Precisamente, más allá de las inmensas interpretaciones de ambos protagonistas, es en el estilo propuesto por el director, en el que debo llamar la atención por encima de todo. Pawlikowski ha rodado la película en blanco y negro y en formato 4:3, apostando por la perfección de sus encuadres, el milimétrico y planificado movimiento de cámara y la puesta en escena casi teatral, en el que los primeros planos marcan su estilo, acompañado del cuidado uso de la cámara en el seguimiento de sus actores a lo largo de las escenas. Su elegancia en la filmación no solo supura dominio técnico en las texturas que ofrece el tratamiento del monocolor a su película, sino que además, consigue transmitir los contrapuestos ambientes  de la Polonia comunista o de la Francia libertaria, con la misma seguridad y acierto, transportando mediante su cámara al espectador, sentimientos, ambientes y motivaciones tan humanas como a veces inexplicables. Todo para contar una historia de amor terriblemente triste, en la que cada fotograma pesa y mucho, desde los que, al inicio del film, están protagonizados por las canciones y bailes del grupo folclórico o el continuo y cuidado tratamiento de los ambientes interiores o exteriores mostrados en la película, hasta las escenas en las que la pareja ocupa y consume todo el oxígeno y la atmósfera que puede compartir junto con su cámara, el director.  
Cold war es una obra maestra, tanto a nivel técnico como a nivel dramático, apostando por trasladar a la pantalla una historia de amor imposible, como aquellas clásicas del cine negro americano protagonizadas por hermosísimas mujeres fatales hollywoodienses o las narradas en algún que otro western legendario como, por ejemplo, en Duelo al sol. La textura y profundidad propuesta en Cold war, tanto formalmente hablando como en sus interpretaciones, trascienden la pantalla, en una película que ha quedado grabada en mis pupilar de manera casi indeleble. ¡Hasta el apartado musical, en su vertiente de canciones tradicionales y en las piezas de jazz propuestas, es de quitarse el sombrero! Ganas muchas ganas de ver Fatherland, y compartir impresiones.


 

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