Da gusto cuando un lector se encuentra con uno de esos libros en los que, aún siendo de corta extensión, apenas ciento treinta y cinco páginas, resulta especialmente delicioso recorrer los parajes y paisajes transmitidos por su autor. En esta ocasión y como ya nos tiene mal acostumbrados, para bien, la Editorial Acantilado, me refiero al pequeño, sentido y profundo estudio titulado Los lugares de Petrarca, escrito y pergeñado por Eduardo Prieto, doctor en arquitectura, filósofo y ensayista, mediante el que viajamos a algunos de los lugares, físicos y psíquicos, que forman parte fundamental de la vida del gran humanista, poeta y filósofo italiano, Francesco Petrarca (1304 - 1374), quien armonizó el cristianismo y el legado grecolatino, con especial intención, a lo largo de su obra literaria.
El filósofo y arquitecto nos presenta una pequeña, pero más que solvente guía de los lugares en los que enraizó Petrarca, desde su juventud hasta su muerte, en una vida llena de trasiego y viajes a lo largo de Francia e Italia, de quien convivió con sorprendente contradicción, entre su búsqueda de conocimiento y su labor de diplomático y su rotunda y reseñable búsqueda de la soledad, no tanto intelectual sino más bien física, en un entorno buscado y armonizado por su visión más personal de lo que el entendía por un paraíso en la tierra. En este deambular por la vida del humanista, Prieto no puede empezar de otra manera que tratando lo inicios vitales del italiano, en una juventud en la que se entrecruza la visión y creación literaria y mental de su amada Laura, y su estancia en la corte papal de Aviñon, a la que el autor nombra como la apestosa Babilonia de occidente. Para ello y tras una exploración somera del personaje idealizado de Laura, no duda en describir ante el lector, aquella corte papal nacida, prácticamente de la nada, en el exilio de quienes se enfrentaron a Roma en su pretensión de ligar la tiara de San Pedro con Francia, de manera indeleble.
Es a partir de su huida de aquel ruidoso, sucio y mundanal universo lleno de cortesanos y zalameros, lujuria y pecado, cuando Petrarca, tal y como nos cuenta Eduardo Prieto, encuentra un lugar reconocido como Fontaine-de-Vauncluse. Un paraje en el que busca una protección natural, física y mental, y donde encuentra su personal paraíso de soledad deseada. Aquel lugar se describe con detalle y mediante un análisis geográfico, místico e intelectual, mostrando al lector el profundo simbolismo de su localización y formación geológica, en el que Petrarca localizó una simbiosis creada a su imagen y semejanza de lo que él deseaba interpretar como su propio paraíso solitario en el que volcó lectura, meditación, cuidado del alma y convivencia con la naturaleza. Es curioso como Prieto introduce al final de estos capítulos dedicados a Vauncluse, un diálogo imaginado, desarrollado entre el propio protagonista de este delicioso estudio y otro gran pensador, literato y magnífico solitario, llamado Michel de Montaigne, en el que dialogan y razonan en un pulso de pensamientos y obras, sobre asuntos claves como la soledad, la lectura y los libros, el pensamiento, los viajes y su visión de lo humano, de lo propio.
Para terminar, y como no podía ser de otra manera, el autor nos traslada a los últimos años de Petrarca y su exilio voluntario a un lugar cercano a Padua, regalado al humanista por Francesco Il Vecchio da Carrara. Me refiero al hoy conocido como el Palazzo Navager, localizado en un pequeño valle cerca de la población de Arquà, a la vista de colinas y campos, cual ensueño paisajístico, convertido por el anciano, en un lugar visual y de estudio, especialmente preparado para el retiro y la vivencia de su vejez. Resulta edificante como rehabilitó aquella villa hasta convertirlo en un lugar creado para su solaz y dedicación a la lectura, hasta su muerte. Precisamente la cubierta de este libro nos muestra un retrato, real e inventado a la vez, que nos localiza al pensador en aquel estudio. Pero todo tiene un final, por mucha pena y tristeza que le produzca al lector la terminación de la lectura de este acertado estudio. Y como tal, en su cierre, no podemos escapar a la imagen y los dimes y diretes que, como nos cuenta Eduardo Prieto, sufrió el cuerpo, más bien los huesos, colocados tras su muerte en un gran sarcófago localizado en el atrio de la iglesia de Arquà, que fueron protagonistas de una serie de manipulaciones y desmembraciones, más propias de ser sufridas por el cuerpo de un venerado santo, que por el gran humanista y pensador que fue el gran Francesco Petrarca. En definitiva, una delicia de lectura, que recomiendo fervientemente.

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