De Paolo Sorrentino he publicado en este blog las críticas de sus películas La gran belleza y La juventud y he disfrutado con gusto de su dirección en otras de sus creaciones, como Il Divo, Loro, La mano de dios y Parthepone. Siempre me ha atraído su estilo, su carácter cinematográfico, con todos sus excesos, que los tiene, y su artificios, en una portentosa creación artística que supera el concepto de cine, para convertirse, en mi opinión, en puro arte, tanto en su visión creativa, como en la característica tan propia de él de trasladar con su cámara, escenarios y ambientes robados con gran belleza y ojo artístico, así como los rincones que elige como fondos escénicos y habitáculos teatrales, puramente fotográficos, tan maravillosos e irrepetibles. Todo ello, acompañado de personajes y guiones tan heterodoxos y llamativos, plenos de crítica, personalidad y mirada personal, localizados ya, algunos de ellos, en la gran cinematografía histórica italiana. Loada sea.
Pues bien, La Grazie, su última película, ganadora en el último Festival de Venecia del premio Volpi a la interpretación del sublime actor Toni Servillo, en el festival de Cine de Chicago el premio a mejor guion, y previsiblemente adjudicataria de los próximos premios David de Donattello, ofrece al espectador un tanto de lo comentado antes, en estilo, elegancia cinematográfica y mirada crítica, aunque quizás trasladado por su director a la pantalla con un enfoque y una visión menos estrafalaria, más contenida, incluso, diría yo, más madura. Y esto es así, gracias a la personalidad atribuida al protagonista de la película, quien por su propio carácter, atribuido por obra y gracia de la decisión de Sorrentino, arrastra tras de sí un poso de reflexión, contención y propia naturalidad sostenida por la idea primigenia de la duda y cómo acometer las raíces y las causas que las provocan. En ese análisis sostenido pero también tranquilo y sosegado, este film camina con paso firme a lo largo de sus más de dos horas, en un ritmo pausado y diferente a las producciones anteriores del director, en su profundo afán por subrayar sus intenciones, menos mundanas que en otras ocasiones, y mucho más humanas.
La trama gira alrededor de Mariano de Santis, presidente de la República italiana, al final de su mandato, en lo que se conoce en Italia como los seis meses blancos, tramo final antes de abandonar el Palazzo del Quirinal, sede de la presidencia, en Roma. De notable carrera judicial y corte conservador y católico, mantiene a su lado a una serie de asesores entre los que se encuentra su hija Dorotea, quien en vistas de que se acaba su presidencia, le apremia a solventar un par de asuntos nada fáciles de resolver para el personaje interpretado por Toni Servillo. Por un lado, sacar adelante la ley de la eutanasia propuesta por el parlamento y, por otro, estudiar dos indultos planteados por el ministro de Justicia, dilemas todos ellos que le plantean una serie de preguntas y vacilaciones en su foro interno, con toda la complejidad que conlleva ante la responsabilidad de mantener su buen talante mostrado ante el electorado, en un sensible equilibrio con sus propias convicciones morales y personales. A esto se suma la presencia del sentido recuerdo de su amada esposa, fallecida al principio de su mandato, ensombrecido por la sombra apremiante de un lejano affaire sentimental por parte de ella, haciendo aflorar en este tiempo de dudas y reflexiones, unos celos asentados en su psique de los que difícilmente puede desprenderse.
En este arduo camino hacia su deseada salida del Quirinal y las decisiones a tomar, Sorrentino nos muestra, de manera pausada, en ocasiones casi hierática, las reflexiones y las dudas de De Santis, en un deambular entre los pasillos y despachos del palazzo presidencial y las conversaciones mantenidas con sus colaboradores, especialmente, con su hija, interpretada por una fantástica Ana Ferzetti. Y lo hace como mejor lo sabe hacer, a través de su cámara, en un conjunto de bellas y medidas al milímetro escenas interiores y exteriores, en claro oscuros que recuerdan a las pinturas de Caravaggio, y también en localizaciones más mundanas, como las tomadas en las cocinas y habitaciones de su piso, al final de la película, o en las instalaciones de las cárceles que se visita a lo largo de la película, en una extraña fusión entre las dependencias privadas, a veces grandilocuentes pero también solitarias, del presidente, y las otras más cercanas a la realidad de la vida cotidiana italiana. Es en estos escenarios donde se potencian, junto a los diálogos y soliloquios mantenidos por el protagonista, los extremos en los que debe equilibrar su vida y sus decisiones a tomar en este último tramos de su mandato y salida de la presidencia.
Ese perfil sosegado y meditativo muestra un proceso de madurez al que el director se va acercando con pie seguro desde hace algún tiempo, en un acercamiento más personal a su propia vida y edad, reconocido por él mismo en varias entrevistas. Lo interesante es que en este proceso, la crítica y la presencia de su visión analítica de la sociedad actual y más puntualmente italiana, no pierde peso, todo lo contrario, lo potencia humanizándolo en su traslado a sus historias planteadas en la pantalla. En esa conjunción, es cierto que este film puede pesar un tanto en su exposición a lo largo de sus más de dos horas de metraje, especialmente en algunos silencios y escenas más contemplativas, en su esfuerzo por trasladar al espectador a la mente dubitativa y marcada por los celos del presidente, pero con todo, el conjunto narrativo y formal de La Grazzia, resulta ser un bello y humanístico argumento de fondo, en un homenaje a la búsqueda de un político inexistente de nuestra actualidad, en la anhelada necesidad de encontrar sosiego y reflexión en nuestra sociedad, frente a la inmediatez y la presión mediática en la toma de decisiones, más llevadas por la necesidad y las tensión ambiental, que por el análisis meditado de las dudas planteadas y sobrevenidas. Dudas, en este caso, todas necesarias y subrayadas con inteligencia y sin aprensión, en la trama propuesta. Y a pesar de todo lo dicho, a mi personalmente esta película no ha conseguido emocionarme como en otras ocasiones. Será problema mío. Y aún así, grito a todos los vientos, ¡Viva Sorrentino!





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