Hablar de la reciente adaptación de la exquisita novela Hamnet de la escritora Maggie O´Farrell, autora también de El retrato de casada, por cierto, la primera de ellas finalista y posiblemente injusta no ganadora del XII Premio Hislibris a Mejor Novela de Ficción de aquel año, y la segunda, ganadora del XIV Premio Hislibris a la misma categoría, resulta estar de moda entre los círculos de lectores y cinéfilos, a cuenta del reciente estreno de la película y de sus nueve nominaciones a los premios Oscar de este año. Ante todo, hay que remarcar, y no es baladí, que la escritora es coguionista de la película junto a su directora Chloé Zhao, lo que indica que cualquier cambio o propuesta realizada en el film en comparación con la novela, resulta algo buscado y meditado por su autora, aunque quizás no tan acertado en todos los casos, desde la humilde opinión de quien os escribe. Lo comentaré más adelanta.
La trama de la película dirigida por Zhao, realizadora británica de largometrajes tan notorios como The rider o Nomadland, gira alrededor del matrimonio conformado por William Shakespeare, apenas nombrado por su nombre en una ocasión en la peli, y su esposa Agnes. Desde el inicio se muestra al espectador, cómo ambos personajes se conocieron, ella una joven libre y algo rebelde, con misteriosos conocimientos en hierbas y ungüentos medicinales en una relación muy personal con la naturaleza, él un hijo de un artesano especializado en la manufactura de guantes de cuero, además de escritor en ciernes, ansioso por triunfar en Londres. Tras casarse, tienen tres hijos en circunstancias relevantes para el entendimiento de la película, especialmente en lo que se refiere a los hermanos gemelos más pequeños. A estas alturas no creo que desvele nada nuevo si comento que el detonante principal, en cierto momento de la peli, es el fallecimiento del hijo de la pareja, en unas circunstancias especialmente relevantes para la novela y la película, provocando en ambos una crisis profunda y llena de tristeza y desazón. Es en ese momento cuando William decide regresar de nuevo a Londres y comenzar la escritura de la que será su obra de teatro más famosa, Hamlet.
Zhoe construye una película en la que lo evocador, el imaginario que rodea a Agnes y su relación con su pareja e hijos, en un universo muy vinculado a la naturaleza en la que convive, marca el estilo y la forma con la que presenta en la pantalla los hechos y situaciones indicadas. Los planos más generales en medio del bosque y las escenas de interior iluminadas por exiguas velas, indican el profundo sentido visual que la directora propone en su evocación personal de los personajes y su herencia directa de la novela. Ese estilo heredero de la manera de hacer cine de Terrence Malick impregna cada minuto del metraje, especialmente visualizado en el personaje de Agnes, impecablemente interpretado por Jessie Buckley, en su profunda encarnación de una mujer de sentimientos a flor de piel en su estrecha relación con todo lo que le rodea, ya sea la naturaleza, su familia y su propia libertad y sentido personal de las cosas. En este caso, su trabajo se sitúa bastante por encima del de Paul Mescal, acertado, pero lejos de trasladar con acierto unos sentimientos que no se ven plasmados en la novela original, en la que prácticamente su personaje no aparece y por tanto, ha tenido que ser creado y desarrollado para la película, quizás uno de esos cambios que comentaba la inicio de la reseña, y que en este caso no han resultado tan acertados como se podía esperar. Respecto a las interpretaciones, quiero resaltar el notable trabajo, olvidado por público y crítica, del chaval que encarna al hijo del matrimonio, Hamnet, en una sentida, extraordinaria y modélica interpretación.
Otro de los cambios realizados en la película con respecto a la novela, es la estructura de la misma. Mientras que en el libro, los flashbacks son mayoría, en este caso, todo se muestra en una sola línea temporal, afianzando la trama de inicio a fin y facilitando el seguimiento al espectador, quizás un empeño necesario en el cine, pero con cuya apuesta se pierde el suspense y de la magia propuesta en la obra escrita. Con todo, tiene sentido haberlo hecho así, ya que los lenguajes no son los mismos ni siquiera los ritmos propuestos en ambos formatos. El trabajo realizado en el guion por directora y novelista justifica la película y su propuesta, dando como resultado un interesante en fondo y forma. Hay tres momentos claves, argumentalmente hablando, que hacen de este film una película muy a tener en cuenta, por su puesta en escena y por sus interpretaciones. Dos de ellos aparecen en la novela de manera clara y notoria como claves argumentales en la historia planteada. Me refiero al nacimiento de los todos los hijos de Agnes y a la muerte del hijo. En ambos el dramatismo, los sentimientos a flor de piel, la textura de las imágenes y las localizaciones, ligadas a esos momentos claves en novela y película, está filmados de manera excelsa e interpretados con profunda implicación por parte de la actriz principal y en la segunda de ellas, por los niños protagonistas. La tercera escena a la que me refiero ocupa la parte final de la peli. Me refiero a la referida a la creación y estreno de Hamlet en el teatro de Londres. A mi particularmente no me ha molestado especialmente que algo que se intuye en la novela, algo que se muestra de manera inteligente y casi solapada, aquí se incluya de manera clara y abierta, además de desarrollada en un metraje no especialmente corto. Es verdad que le da todo mascado al espectador, además de imbuirlo de una de las piezas archiconocidas de Max Richter para subrayar lo subrayado. Quizás hay que recordarle a directora y escritora que el espectador no no necesariamente tiene que ser tonto. Sin embargo, también es verdad que el solo hecho de volver a disfrutar en pantalla de algunas de las escenas magistrales de Hamlet, hace que merezca la pena, aunque robe esa magia tan presente y sorpresiva que ofrece la novela, en su tramo final.
Como decía, estas tres escenas son claves para entender una historia trágica, misteriosa, profundamente humana, trasladada con acierto a la pantalla, pero también con cierta manipulación innecesaria que simplifica en cierta manera el mensaje, la magia y la elegancia de la literatura apostada en la novela. Hamnet es una buena película, en fondo y forma, y goza de la gran interpretación de Buckley. Solo por eso merece la pena verla, pero por favor, no dejéis de leer la novela original, y permitid imbuiros de su profunda historia y de su excelsa literatura.





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