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jueves, 12 de marzo de 2026

"Tres adioses"

De Isabel Coixet solo he visto la película La librería y poco más. Aún así siempre he tenido curiosidad por su acercamiento cinematográfico, en ocasiones, ligado a la literatura, en su ejercicio de guionista basado en adaptaciones de creaciones literarias de solvente calidad, como sucede con sus trabajos en Un amor de Sara Mesa, o la anteriormente nombrada, escrita por Penélope Fitzgerald. En esta ocasión, de nuevo, toma como guía un relato incluido en el último libro escrito por la autora Michela Murgia antes de fallecer. Me parece que no es casualidad decir, a priori, que quizás sus mejores películas sean las que provienen de esas obras escritas, tan bien seleccionadas.
La trama gira alrededor de Martha, una profesora de Educación Física de un instituto romano. La película comienza con una larga escena protagonizada por una tonta discusión entre Martha y su pareja, llamado Antonio, un cocinero con cierto éxito, volcado en su negocio. A causa de este choque de diferentes visiones sobre una relación que parece no avanzar, la pareja de separa. Es a partir de este momento, cuando la cámara se fija principalmente en el personaje de Martha, interpretado por una magnífica Alba Rohrwacher, en su deambular solitaria ante la vida, entre su trabajo en el instituto, una soledad más o menos buscada y la presencia de una enfermedad no esperada. 
Isabel Coixet realiza un intimista viaje alrededor de Martha, acompañada por las personas que se cruzan en su vida, y sus idas y venidas por las calles de Roma por donde transcurre su día a día, especialmente en el popular barrio del Trastévere. No espere el espectador ver monumentos ni grandes calles romanas, sino más bien la trastienda de sus calles lejos del turismo, donde sus habitantes viven sin holgura y rodeados de sus conciudadanos, en un entorno familiar y de vecindario. La sensibilidad con la que la directora se acerca a la intimidad de la protagonista se nutre de diálogos naturales llenos de sentido, miradas que escrutan sin molestar pero fijándose en lo que se presenta ante el espectador, acompañados del objetivo fresco y detallista de una cámara llena de detalles y un estado de pura naturalidad. 
En ese acompañamiento de conexión visual, íntimamente dialogado, en un tándem bien equilibrado, resalta por encima de todo la interpretación de una mujer a la que la soledad y la enfermedad nutren de esperanza y de una manera diferente y más vital de ver la vida, a pesar de que las circunstancias no le acompañen, logrando desvincular un pasado acomodado pero incómodo, con un presente y un futuro más libre, aunque quizás limitado. Es curioso cómo en ambos apartados de su vida, algo tan común como la comida, para mal y para bien, depende el momento, tiene un protagonismo centrado en su reacción ante su relación afectiva y su propia salud. Isabel Coixet es capaz de reunir y fusionar todos estos factores en esta interesante cinta, con una delicadeza, un humor y una humanidad dignas de elogio. Su mirada es liberadora, y resulta maravillosamente plasmada en la interpretación fresca y natural de la protagonista, ofreciendo al espectador una historia con la que resulta fácil conectar y empatizar. 

 

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