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jueves, 5 de noviembre de 2026

Sentido y sensibilidad (2026)

 

Todos recordamos aquel año 1996 en el que Ang Lee estrenó su exitosa adaptación de la novela de Jane Austen, Sentido y sensibilidad. A lo largo de la historia del cine, las novelas de esta escritora británica y de las tres hermanas Brontë, éstas, un poco posteriores, han ocupado decenas de adaptaciones de novelas tan inmortales y propias de su época como Orgullo y prejuicio, Emma o Mansfield Park, creaciones literarias de Austen, y Jane Eyre y Cumbres borrascosas, obras de las dos hermanas más reconocidas de las hermanas Brontë. Aquella adaptación de Ang Lee, acaparó muy buenas críticas, aunque no es de mis películas preferidas del director ni de las adaptaciones realizadas de estas escritoras, quedándome particularmente, entre todas ellas, con Orgullo y prejuicio, realizada en 2005 por Joe Whright, y con Jane Eyre, de 2011, dirigida Cary Fukonaga, ambas, cumbres cinematográficas en el género. Pues bien, la última adaptación de Sentido y sensibilidad, recién estrenada y dirigida por una desconocida Georgia Oakley, en mi opinión, se acerca más a estas dos de mis predilecciones, que a aquella más efectista de 1996, tanto en estilo cinematográfico, puesta en escena y madurez de presencia. 
Tras la muerte del Sr. Dashwood, su segunda esposa y sus tres hijas deben abandonar la casa familiar, al heredarla su hermanastro, tal y como lo indican las leyes inglesas de la época. Gaacias a bondad de la Sª Jennings, una adinerada familiar lejana que les cede por una corta renta una pequeña propiedad, les aporta un ápice de estabilidad, pero a su vez, aleja a las dos hijas mayores de posibles matrimonios, dada la lejanía de su nuevo hogar localizado en un entorno rural especialmente solitario. La hija mayor, Elinor, es una mujer con sentido del honor, muy racional y noble en cuanto a su fidelidad a la familia y los principios en los que ha sido educada. La segunda hija, Marianne, es una joven apasionada, amante de la libertad y la naturaleza, que deja volar sus sueños y deseos de romances llevados por el corazón. La aparición en sus vidas de tres hombres, por un lado Edward Ferras, y por otro, el coronel Brandon y el joven John Willoghby, arrastrará a estas dos jóvenes hacia aires de amor y conquista, vislumbrando diferentes maneras de alcanzar y dar cabida en sus vidas a posibles romances, casamientos y, por ende, soluciones viables a su futuro, siempre dependiente en aquella época, de la figura de la institución masculina. Distintos factores, que muchos de vosotros ya conocéis, entre los que se encuentran, herencias esquivas, traiciones amatorias, desencuentros y equívocos, muchas veces casi humorísticos y otras dramáticos, llevan a las jóvenes y los personajes que las rodean a ocupar una serie de aventuras y anhelos sentimentales muy bien traídos por la novelista original y también, en este caso, por la directora que nos ocupa. 
A pesar de ser una realizadora prácticamente novel, Georgia Oakley acierta con gusto y buena mano en la dirección de esta bellísima película, mostrada al espectador mediante una apasionada fotografía, una banda sonora muy bien elegida y un montaje lleno de imágenes y diálogos certeros con el argumento que traslada la historia de estas hermanas. El buen hacer y el acertado ojo de su cámara, ofrecen una película llena de escenas perfectamente diseñadas, tanto en exteriores urbanos y naturales, y especialmente en interiores, acertadamente iluminados con luz natural, ya sea del hueco de una ventana o por la magia de las velas que dan luz a aquellas escenas. Todo funciona en una película de dos horas y cuarto que, a mí particularmente, no se me hicieron en absoluto largas. Al contrario, se entra muy bien al film y su trama, a pesar de ser una historia reconocida por la mayoría de los cinéfilos. Todo cuadra bien, tanto su imagen, como he dicho antes, y la estructura ordenada y muy bien explicada en base a un guion fiel a la novela, lleno de escenas presentadas con elegancia extrema y acierto cinematográfico. 
Pero todo esto sería en balde, si las interpretaciones no estuvieran a la altura. Todo lo contrario, todos y cada uno de los actores y actrices, especialmente George MacKay, Daisy Edgard-Jones y Esmé Creed-Miles, realizan sendas interpretaciones sin aspavientos ni excesos, bien controladas en emoción y miradas, en un perfecto juego de gestos y presencia ante la cámara, especialmente en las escenas protagonizadas por ambas hermanas, mediante las que muestran al espectador sus sentimientos escondidos o mostrados, en el entorno de aquella encorsetada y cotilla sociedad. Los secundarios secundan a la perfección en un buen trabajo de acompañamiento en sus papeles, tan bien definidos como interpretados. Todo ello, con el fin de lograr un conjunto cinematográfico casi redondo, que si bien no aporta nada nuevo, en cuestión del fondo, a adaptaciones anteriores, sí que muestra una adaptación muy madura, sin excentricidades, en un elegante y evocador juego escénico colmado de colores pasteles, tan de moda en el cine de nuestra actualidad, que ensalzan la pretendida ensoñación de aquellas muchachas que buscan su amor y sentido vital, de maneras tan diferentes y extremas, en donde el honor, la paciencia y el amor terminan por triunfar, a pesar de equívocos no buscados y situaciones amargamente dramáticas.



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