Del escritor francés Philippe Claudel, he leído su aclamada y reconocida Almas grises y su libro de relatos publicado hace tres años titulado Fantasía alemana, convirtiéndose con el tiempo en un escritor de referencia en mis lecturas habituales. Pues bien, el año pasado se publicó su última novela titulada El crepúsculo, en la que que fuera hace unos años presidente de la Academia Goncourt, traslada al lector a los años previos a la Primera Guerra Mundial en una pequeña localidad indefinida y fronteriza del Impero Austro Húngaro, posiblemente al este de Rumanía o Bulgaria. La época define una profunda crisis en una geografía imperial llena de diferentes nacionalidades y religiones, más allá de la profunda ruptura presente en una sociedad en la que los estratos sociales se encuentran marcadamente divididos, y los poderosos, sean del estrato que sean, pisan convulsivamente a quienes se encuentran por debajo de ellos. El juego de las mayorías y las minorías se presenta en un tablero que pronto convulsionará a niveles étnicos y nacionales cambiando la geografía europea para siempre.
Es invierno, y en aquella localidad en la que se desarrolla la trama de la novela, acontece un hecho que provoca un terrible terremoto en una sociedad compartimentada casi de manera medieval. El párroco cristiano del pueblo aparece asesinado en un lúgubre callejón del pueblo. Los poderes fácticos, entre los que se encuentran el alcalde, el delegado del imperio y la aristocracia del lugar, encargan a Nurio, un policía al que le gusta demasiado el sexo, y a su ayudante, un gigantón con buen corazón, investigar el suceso y descubrir al asesino, sea como sea. El proceder de Nurio derrotaría la paciencia de cualquier persona que lo viera, mientras su pasión por su mujer y por las mujeres en general, le lleva a tomar derroteros peligrosos y fuera de toda moral. Acompañado de su ayudante Baraj, inicia su investigación entre los pobres y desesperados habitantes de una población en la que la minoría musulmana resulta ser el objetivo marcado por sus jefes y la mayoría cristiana.
Philippe Claudel describe con esmero y una crítica apabullante, la situación recreada alrededor de una investigación maleable y encaminada a solucionar de la manera más rápida posible aquel asesinato, siguiendo órdenes de sus jefes y matando dos pájaros de un tiro, es decir, encontrar un culpable, y limpiar la frontera de posibles agentes que pretendan socavar el poder y el control imperial. El frío contumaz y la pobreza endémica del lugar, unidas al día a día monótono y profundamente triste en la vida de los protagonistas, hacen de esta novela un camino tortuoso y especialmente sucio y helador a lo largo de la investigación de un policía, Nurio, decadente, vago y más interesado por las faldas de las jóvenes, como desahogo de sus deseos más primarios. Su deseo por medrar y su compleja y falsa moral, convierten al policía en un personaje no especialmente agradable, que es particularmente zarandeado por sus deseos y su delicada posición como agente de una ley teledirigida por los poderes fácticos.
Sin embargo, no todo tiene que ser tan negativo en una novela particularmente lúgubre y oscura. Poco a poco, y siempre en un segundo plano, aparece la gigante figura de Baraj, en un trasiego secundario pero firme, tras la figura del policía incontrolable. Por lo demás a esa negrura de una historia ciertamente dramática, se une vierto aire irónico y de comedia negra localizado en algunos apartados menos lúgubres de la novela, como por ejemplo sucede, en la escena de caza que se produce alrededor del aristócrata de la zona, uno de los momentos álgidos del libro, en el que el propio Nurio es zarandeado por una situación que lo supera en su propio engaño de su vida triste y pervertida.
Philippe Claudel nos regala en este libro, no solo una investigación policial muy particular, sino también, una visión oscura y trágica de la grave crisis en la que se encontraba el Imperio Austro Húngaro cerca de su desaparición. El autor centra en aquella aldea, como si se tratara de un micro universo reducido del Imperio, una tremenda y durísima crítica contra el poder establecido, el abuso sobre los inferiores o las minorías, la sangrienta guerra de religiones y la manipulación de la ley en favor del poderoso, del caprichoso, del inmoral. Tomando como laboratorio experimental aquel pueblo machacado por el invierno y por el odio, Claudel dibuja un escenario dramático, lúgubre y mortal, como origen de nuevos pueblos, nuevos estados y nuevas naciones, resultantes de la pronta desintegración del Imperio, donde de nuevo, pasados los años, se volverá a matar por religión, por el poder, por otra nación.
El autor francés consigue atrapar al lector más frío y audaz, en una novela trágica, plagada de buen literatura y un profundo y crítico mensaje. Los personajes están cincelados en hielo, con exactitud y análisis crítico, perfilando su caracteres con precisión y mucha mala leche, para instrumentalizar con acierto, una época crítica en la historia de Europa, y la quiebra de la moral y la ética en el ser humano, un hecho que, desgraciadamente, se repite a lo largo de la historia de la humanidad hasta la saciedad. Muy recomendable por su fondo y forma, a pesar de la crudeza y la frialdad con la que describen lo hechos, eso sí, en ocasiones, acompañados de una inteligente y dolorosa comicidad llena de negrura y miseria.

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