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lunes, 2 de marzo de 2026

"Siete años en el Tíbet" - Heinrich Harrer

Cuando en 1944 el austriaco Heinrich Harrer, junto a otros compañeros de fuga de un campo de internamiento británico, cruzaban las fronteras de la India camino del Tíbet, no se imaginaba que,  tras recorrer páramos desérticos, cumbres heladoras y una serie de peligros y penurias, iba a permanecer en aquel lejano país siete años de su vida en los que se establecería en su capital, la sagrada ciudad de Lhasa, y se convertiría en una de las personas de más confianza del décimo cuarto dalái lama. Tras la invasión china y la salida del país, Harrer escribió y publicó en 1952, todas sus experiencias vividas durante su estancia en el campo británico y su posterior huida y estancia en el Tíbet, convirtiéndose aquel libro en todo un clásico de la literatura de viajes, que el año pasado, la editorial Libros de Asteroide recuperó y publicó con una nueva traducción actualizada.

Pero empecemos por el principio. Heinrich Harrer era un joven deportista austriaco que, en la segunda mitad de los años treinta del siglo pasado, despuntó como esquiador y alpinista en su país. Su gran ilusión era viajar al Himalaya, a la montaña Narga Marbat, en una expedición patrocinada por el gobierno. Se ganó un puesto en la misma, conquistando por primera vez la subida por la cara norte del Eiger  en Suiza. Esto da una idea del arrojo, la persistencia y la buena forma física del personaje. Una vez conseguido su objetivo final, junto con otros montañeros, fue hecho prisionero cuando se declaró la guerra entre Gran Bretaña y Alemania. Eran los últimos días de agosto del año 1939.

A partir de ese momento, la cabeza de Heinrich no paraba de elaborar un para huir del campo de internamiento y alcanzar la frontera del Tíbet, con la idea de cruzar desde allí a China. Él y algunos compañeros lo intentaron repetidas veces, hasta que, en 1944, junto a otros cuatro prisioneros, logró ollar suelo tibetano. Su aventura no acababa más que empezar. Casi un tercio del libro está dedicado íntegramente al trayecto, aventuras y desventuras que sufrieron desde aquel día de la huida hasta la llegada a Lhasa. Y lo hicieron intentando pasar desapercibidos, viajando de noche, disfrazándose de peregrinos y evitando las grandes caravanas y las poblaciones que tenían que cruzar en su camino. En varias ocasiones fueron detenidos, pero gracias a su locuacidad y perseverancia lograron no pocas veces escapar de la férrea burocracia de un país hermético con el extranjero, pero con una población en la que la hospitalidad y generosidad estaban absolutamente asentadas. Solo una vez estuvieron a punto de ser expatriados de regreso a la India, tras pasar multitud de penurias, pero el mismo Heinrich, acompañado de su amigo Peter Aufschnaiter, logró esquivar dicho destino, para tomar la vía más complicada para poder llegar a la capital. Me refiero a las estériles, desiertas y plagadas de bandidos, tierras del territorio conocido como Chantang, la meseta al norte del país. Desde allí, tras pasar no pocos peligros, llegaron a Lhasa en enero de 1946. 

Desde el primer día en el que aparecieron vestidos de harapos y hambrientos, fueron acogidos, no con algunas reservas, entre los habitantes de la ciudad. Poco a poco, y tras solicitar establecerse en la ciudad, fueron asimilando su situación de extranjeros protegidos por una serie de personajes de cierta importancia. Mientras se decidía su estancia, más o menos definitiva, Heinrich va describiendo en su libro las costumbres, tradiciones y la forma de vivir de sus ciudadanos. El equilibro civil y religioso se balanceaba son remisión hacia este segundo, en base a la vinculación de toda su población y la del Tíbet, a la figura del dalai lama, un joven de catorce años divinizado años antes tras la muerte del decimotercer dalai. Sin embargo, el muchacho todavía, y aún siendo dios personificado, vivía bajo la tutela de un regente y un grupo de funcionarios monjes que gobernaban el país. No será hasta la invasión china, cuando se le nombra monarca del país, un monarca que en 1951 viajaría al exilio. Pero antes, nuestros dos protagonistas fueron integrándose en la población, gracias a sus conocimientos técnicos y occidentales, enfrentados a un país que, si bien estaba perfectamente conectado a nivel de comercio con el exterior, gracias a sus pasos y caminos con la India, todavía tenía muchas características de un estado feudal y pseudo medieval. 

Por otro lado, la relación de los dos extranjeros con las legaciones británica y china era bastante fluida, más por interés que por cercanía, y la idea de construir unas pistas de tenis acercó en gran manera las relaciones entre unos y otros. Mientras, el dalai lama iba mostrando curiosidad por Heinrich, curioso por nacimiento y gran aficionado a  la fotografía. La experiencia vivida al disfrutar de las grandes ceremonias y procesiones presididas entre cortinajes por el dalai y su acercamiento a las celebraciones en los cuatro grandes tempos del país cercanos a Lhasa y a sus líderes religiosos, le fue acercando a la figura del niño dios, hasta que se convirtió en 1949 en uno de sus consejeros, gracias a su mutua y curiosa afición al cine, la jardinería, a su intercambio de información de las culturas occidental y tibetana. En este andar literario, Heincrich describe con gran detalle los lugares y las costumbres de un pueblo especialmente rico en tradiciones y riquezas. Los ritos, las celebraciones religiosas, la vida en los monasterios y su arquitectura, los deportes practicados, su escueta gastronomía, su forma de vestir o simplemente, su manera de ver la vida, conforman un extraordinario viaje de conocimiento de una país que pronto seria conquistado y culturalmente destruido por los chinos.

Precisamente, con la llegada de la década de los años cincuenta del siglo pasado, la China comunista recientemente vencedora tras una larga y cruel guerra civil, planeaba invadir el Tíbet. Se produjeron confusas rebeliones internas, predicciones de oráculos y mensajes diplomáticos amenazantes. Y es aquí cuando acaba la estancia de Heinrich en el país, como así sucedió también con la presencia del dalai lama en su reino, camino de un exilio duradero. Los últimos capítulos del libro muestran los intentos que posteriormente, provocaron intentos de levantamientos contra la presencia china, sangrientamente frustrados a lo largo de los años cincuenta. Años después Heinrich y el dalai se volverían a encontrar en multitud de ocasiones, pero ya nunca en suelo tibetano, donde China destruía y arramplaba violentamente la cultura y las tradiciones de un país que protagoniza de la manera más bella y exótica, este libro que recomiendo fervientemente a quien no lo haya leído todavía, más aún, aprovechando esta reciente edición y fantástica nueva traducción.



 

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