Ante todo y sobre todo, tengo que reconocer que es mi primera lectura de una novela de Emmanuel Carrère y que estoy feliz de tener por delante todo el tiempo del mundo para descubrir los libros que han convertido a este escritor, en uno de los más relevantes de la literatura francesa e internacional actual. Con esta premisa, no miento a nadie si expongo las magníficas sensaciones que me ha dejado la lectura de Koljós, su última novela dedicada a la genealogía familiar del autor y, más específicamente, a la persona de su madre, autoridad cultural e intelectual en Francia, fallecida en 2023.
Pero no engañemos al futuro lector. en este libro hay mucho, mucho más. Además de una completa y compleja genealogía familiar de los antepasados de Emmanuel, encontramos en sus páginas una serie de micro historias que completan una centuria de la la historia de Europa, marcadamente subrayada por los eventos y las relaciones familiares y sentimentales mantenidas por los protagonistas con Rusia, Francia y Georgia, y sus vaivenes históricos a lo largo de estos cien años de genealogía propuesta.
Por otro lado, no caigamos en el error de mostrar a Hélène Carrère como la única homenajeada en este particular y heterodoxo libro, marcado como un sentido y generoso acto de reconciliación entre hijo y madre. Porque hay que dignificar a otras figuras relevantes y primordiales en la existencia familiar de Emmanuel, unos como mero recuerdo de una vida pasada y otros, como cercanos pilares personales del autor. Me refiero, por ejemplo, al abuelo del autor y padre de la homenajeada, aquel que protagonizó el libro que separó a madre e hijo durante dos largos años. Sin olvidar la clarividentes figuras del padre del autor, un personaje esquivo pero cercano, a su manera, quien pasó su vida bajo la alargada sombra de una mujer autoritaria, lejana y tan particularmente pública. O también, la figura del tío de Emmanuel, uno de los primordiales referentes culturales y vitales del escritor, de quien exprime mucha información del pasado familiar, inteligentemente oscurecido o manipulado por Hélène, una mujer para quien la mentira, también su verdad, formaba parte de su forma de ser tan intelectualmente superior.
El autor reconstruye, inicialmente, su pasado familiar más lejano, lleno de ramas dinásticas, georgianas, rusas y francesas, en un ejercicio, en ocasiones algo confuso y desordenado, de pequeñas historias que labraron un carácter y una forma de ser de la familia, en una conjunción de relatos de exilio, resistencia, superación y, en ciertos casos, también de conformismo, labrando destinos y lugares a lo largo del crítico siglo XX, y entroncando guerras, políticas, afiliaciones, nacionalismos y controversias familiares la mar de jugosas. Digamos que las primeras doscientas páginas del libro caminan bajo las letras literarias del autor, a base de recuerdos recogidos por el afán genealogista de su padre y de la ayuda de su tío, en un registro familiar histórico en el que Emmanuel habla por reseñas de terceros. Esta parte quizás sea algo farragosa en su lectura, pero resulta ser clave y necesaria para entender lo que viene después, relacionado por los continuos recordatorios que retrotraen al lector, páginas más adelante, a momentos contados en esas primeras y primordiales páginas. El pasado marca el futuro y sin ese pasado nada tiene sentido. Me daréis la razón una vez leída la novela.
Es a partir de aquí cuando va apareciendo la figura del escritor, una vez llegado a este mundo, en el que su relación con su familia y personas cercanas, mantiene la dinámica del paralelismo narrativo en el que se cuenta la historia familiar y los eventos históricos marcan la vida de sus protagonistas y sus apuestas ideológicas, intelectuales y personales. Es aquí cuando vemos en la escritura del Carrère, una fluidez y una literatura que atrapa por su capacidad para involucrar al lector en los dimes y diretes de su familia y la relación compleja, de compromiso y no poca crítica, con los acontecimientos que suceden particularmente, alrededor de la Unión Soviética y posteriormente Rusia, antes y después de la caída del Muro de Berlín, en años de incertidumbres y la posterior subida al poder de un tal Putin. Los planos narrativos van y vienen entre las tramas de una familia especial y heterogénea, y aquellos eventos que acontecen tras las nuevas fronteras de Rusia. Georgia y Ucrania tienen un especial protagonismo en un mundo gobernado por el presidente Putin, un personaje que es punto de inflexión en la figura de Hélène y su postura frente a la situación estratégica nacional e internacional del país, lanzado por su dirigente hacia aventuras que ha llevado a Europa a entrar en una profunda crisis.
Y es aquí, cuando, ya en sus últimas páginas, el autor se vuelca en narrar al ya absolutamente ganado lector, de manera detallada, los últimos días de vida de su madre, en toda su idiosincrasia, tan fiel a su manera de ser y, desde la visión fraternal de su hijo, tan sentida y querida en aquel proceso de acercamiento y asimilación de un carácter y una personalidad tan grande y a veces tan difícilmente comprensible para él y los que vivieron con ella. Estas páginas resultan ser profundamente enternecedoras y sentidas, y sirven como colofón a un libro que, a pesar de tener un comienzo algo abrupto por su abundancia de datos, hechos y nombres, repito, primordiales para entender todo el recorrido de sus páginas, atrapa sin remedio al lector, en ese sinfín de información histórica y familiar, mediante el que se explora el micro universo del entorno más cercano a Emmanuel, paralelamente a la historia de una Europa en crisis, sobrepasada por los acontecimientos, pivotando en esa compleja relación sentimental y de incomprensión entre una mujer, la madre y su pasado, y un hombre, el hijo y su presente.

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