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martes, 5 de marzo de 2019

"El placer del viajero" - Ian McEwan

De vez en cuando no me resisto a leer alguna de las novelas de Ian McEwan, uno de mis escritores favoritos. La última ocasión no pudo ser más propicia. Principios del otoño pasado en San Sebastián, buen paseo, buena comida y para terminar una tarde de terraza en el Hotel Londres, mientras mi mujer e hija se daban un buen chapuzón en la playa. Dicho y hecho me encaminé a una librería y no dudé en rebuscar entre las novelas cortas de McEwan. En mis manos cayó este librito de apenas ciento cuarenta y cinco páginas titulado "El placer del viajero" sin saber que me iba a adentrar en una calurosa y peligrosa historia de pasión en la Venecia menos turística y más profunda.

Mary y Colin son una pareja madura que disfruta de unas vacaciones largas en Venecia. Ella es una mujer separada, madre de dos adolescentes que, junto a su amante, pasa los días en la ciudad de los canales fuera de las rutas turísticas y conviviendo entre los cafés cercanos al hotel, su habitación y las callejuelas más recónditas del laberinto en que se convierte su universo más privado. Ambos viven una relación pasional algo aletargada en el ámbito pausado y caluroso de la cotidianidad del día a día, en su larga estancia casi intrascendente. Uno de esos días tórridos en los que la pareja busca al anochecer un local donde cenar, de manera aparentemente fortuita, conocen a un australiano residente en Venecia con quien comienzan una extraña y difusa amistad. Al poco conocerán a su esposa. Ambos desconocidos esconden en su relación signos extraños y sin sentido aparente, algo que sin embargo, determina un reencuentro más pasional entre los amantes, sin saber hacía donde les conducirá semejante casualidad. 

Ian McEwan se adentra, como suele ser común en sus personajes, en la complejidad de las relaciones, concentrándose en las experiencias pasionales plenas de sexualidad, enfrentadas a las tendencias violentas y cuasi sadomasoquistas, en el juego visceral y complejo del amor y la dependencia. Mary y Colin se sitúan sin saberlo, aunque con ciertas sospechas, en el filo de la navaja en su acercamiento a la complejidad de la pareja de desconocidos que abordan su tranquila y casi insípida estancia en la ciudad de los canales. Mientras, en su deambular por Venecia, sin contratiempos, sin preocupación por el paso del tiempo, transitan ajenos a lo que suceda fuera de ese laberinto de callejuelas, la atmósfera axfisiante y calurosa que les provoca cierta modorra, juega en su contra al penetrar en el micro universo de la pareja de desconocidos. 

Cada una de las ciento cuarenta y cinco páginas de esta novela corta, exhuman pasión, curiosidad, monotonía, calor... Cada palabra, cada frase y cada párrafo, llenan de pleno significado y sentido a lo que inevitablemente sucederá en sus últimas páginas. Hilado tras hilado, en el imprescindible y aveces equívoco escenario veneciano, McEwan construye la trama en la que la pareja deambula entre los canales y las vistas al mar Adriático, mientras su destino se aproxima de la mano de los desconocidos, en un juego de suspense, extrañeza y ecos de violencia pasional. Un libro tan desasosegante como misterioso, que oscurece con ciertas miserias humanas un esperanzador destello de amor y estabilidad. Marca de la casa, claro, y por ello especialmente recomendable. Literatura de altura.