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martes, 24 de julio de 2018

"Happy End"

La película comienza con unas escenas protagonizadas por una mujer, sobre las que se superpone un móvil en el que se trascriben una serie de comentarios escritos, mientras se está grabando con su cámara y a escondidas. Estas perturbadoras imágenes y los hechos que esconden, sirven de disparo de salida para que Haneke nos adentre en la vida, secretos e hipocresías de la familia protagonista. Porque en eso se esfuerza la cámara inquietante del director, en plasmarnos las dos caras, la visible y la escondida, del día a día de sus miembros, residentes en Lyon y propietarios de una empresa constructora, parece venida a menos. La hija del primer matrimonio del hijo médico de esta familia, se traslada a vivir con ellos tras un extraño accidente de su madre. En la gran casa burguesa se encuentra con que tendrá que convivir  con el patriarca ya anciano y con pocas ganas de vivir, su hija y directora de la empresa y liada con un británico banquero, su hermano pequeño, incapaz de asumir su futura herencia al frente de la empresa y el ya mencionado médico y su segunda esposa. Es en éste universo, no tan controlado como parece, en el que la niña vivirá con sus propios, a veces, retorcidos pensamientos, sus expectativas vitales y, en cierta manera,experimentales.  
 Haneke, desde su visión reflejada en ese uso tan personal de la cámara, en la que su máquina de trabajo parece convertirse en un elemento del mobiliario, quieto y pretendidamente reposado, que espía la supuesta inviolabilidad de los protagonistas,  repite y subraya su propia visión de la hipocresía de la sociedad actual, enfocando su crítica en esta familia burguesa, engañosamente estable. Sin embargo, imbuidos por el propio ritmo lento y pausado del director, poco a poco asumimos que  la buscada normalidad vital, sobre todo representada en las tensas comidas y cenas  familiares, no es más que una tupida pantalla que esconde los secretos y mentiras que dominan el entorno de los personajes.
La traición, la inseguridad, la muerte y el suicidio, además del sexo y la infidelidad, son nociones con las que el director se muestra cómodo. Por ello, en la trastienda y escenario familiar, Haneke parece querer reeditar los temas que han dominado sus películas hasta ahora, sin ofrecer nuevas visiones a su pretendido universo cinematográfico, pero sí quizás, asumiendo algunos roles que aportan cierta modernidad y actualidad a sus clásicos males mundanos. Por un lado, uso de las redes y la tecnología, sirve de guía para expresar ante el espectador ciertos secretos inconfesables de algunos protagonistas. La cámara del móvil, a primera vista inocente, es el oído confesor de la niña, mientras que las redes sociales, destapan una oscura traición por parte de uno de los miembros de la familia. Ambos son planteados al público como reflejo de esos oscuros secretos que parecen que ni siquiera pueden pronunciarse en voz alta. Por otro lado, aunque presentado de manera algo más ligera, como de paso, está el problema del racismo en la sociedad, cristalizado desde el punto de vista del matrimonio marroquí y su hija que sirven en la casa familiar, y el continuo ronroneo protagonizado por la guerra de Siria y la llegada de inmigrantes al país, como se refleja en la penúltima escena de la película. Ambos factores, quizás son las aportaciones novedosas, llenas de crítica, a las temáticas más comunes del director y que afluyen de nuevo a su nueva proyección.
Respecto a las interpretaciones, el elenco elegido es una apuesta segura. Isabelle Huppert y Jean Louis Trintignat lideran con soltura y solidez la película. Especialmente el segundo, brillante e icónico actor tras su presencia en la anterior película de Haneke, Amor, quien representa magníficamente mucha de la esencia dramática trasladada por Haneke en su película. Su idea de la muerte y el suicido, recuerda y traslada con cierta fascinación a aquella memorable película de 2012, traspasándola generacionalmente al personaje de la niña/nieta, quien toma su herencia, retorciéndola generacionalmente en la modernidad de nuestra sociedad. Por lo demás, completan el plantel Matthieu Kassovitz, la jovencísima Fantine Harduin y Franz Rogowsk, actuando en la piel del joven hermano indeciso y desesperado, a quien la responsabilidad empresarial le supera con creces. Me sorprendió gratamente el hilo que une a abuelo y nieta, una relación sujeta por el vínculo de la muerte y, sobre todo, por su papel de espectadores en el universo pretendidamente engañoso e hipócritamente normal de su familia. En definitiva, una película que no sorprende excesivamente en la carrera cinematográfica de Haneke, y por tanto no sobresale sobre otros de sus títulos, pero que con los cimientos clásicos del director y su manejo casi neutro de la cámara, sigue metiendo el dedo en la llaga de la sociedad europea actual y por tanto, perturbando al espectador más fiel.